Mita

Para Diego Gerzovich y Daniel Mundo

La palabra Mita fue uno de los más grandes misterios lingüísticos de mi infancia. La vi previsiblemente por primera vez en 1985, grabada en el pecho de los jugadores del Club Atlético Independiente y allí estuvo alojada durante más de siete años. Revelar paulatinamente ese misterio es el propósito de estas líneas.

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Fernando Pugliese: el maestro del hiperrealismo

La calle Darwin al mil tiene su propia evolución de las especies: un día hay un elefante de tres metros en la vereda. Otro día es un león, un inmenso gorila, un ciervo con astas de doce puntas o una bandada de flamencos rosados. Los vecinos ya se han habituado a ver barcos fondeados en el asfalto, a veces incluso con sus marineros a bordo, y su capitán tocando el piano. Esta distorsión de la realidad es ocasionada por el vórtice que produce el estudio y taller de Fernando Pugliese, tal vez el artista más popular y menos conocido de la ciudad. Una jirafa, un par de cebras y una tropilla de briosos corceles saludan desde el balcón de una edificación de tres plantas que hace esquina en Darwin y Castillo, pero la auténtica sorpresa está reservada para aquel que atraviese la puerta (el portal) de rejas blancas y se interne en el estudio de este maestro de la escultura hiperrealista. Allí dentro, la Mona Jiménez y Rodrigo bailan cuarteto junto a la reina Isabel. En los anaqueles no hay libros sino cabezas, una junto a la otra, petrificadas en un gesto vital (un tic, una mueca, una sonrisa). Una escalera circular de gastados peldaños de madera cruje mientras sale al paso una galería de pinturas de maestros flamencos y, una vez, en el primer piso, un saloon del lejano oeste en el que Frank Sinatra se toma un trago con el Che Guevara y Donald Trump, servidos, detrás de la barra, por el gaucho Martín Fierro. Al otro lado, un escenario (como si algo no lo fuera en este lugar) con piano de cola, maracas y tambores. Y baúles y barriles y farolas y navíos y caras y más caras y máscaras con mil ojos interrogantes y, en el centro puntual de esta alucinación, un explorador del África subsahariana, vestido con su impecable camisa blanca, su sempiterno impermeable color caqui y sombrero de safari, listo para iniciar la excursión por la jungla de sus fantasías: Fernando Pugliese.

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Alasita: la feria de los deseos

“Alce su torito”, dice el yatiri  en cuclillas, y arroja unas gotas de alcohol fino sobre la figura de cerámica de un toro negro y bravo,  repleto de dólares, pesos y euros sobre el lomo mientras murmura  en letanía una oración aymara. El yatiri lleva una remera blanca, un pantalón color crema, sandalias franciscanas y un sombrero andino y sólo se diferencia de los demás mortales por el cuenco con carbones ardiendo a sus pies, sobre el que ahora arroja una cucharadita de incienso que al tocar la brasa desprende un humo blanco, aromático y espeso. Un humo que baña y recubre al toro de la abundancia mientras su esperanzado dueño lo hace girar en círculos, un humo que  se difumina en volutas y se pierde en el aire, como los sueños que anima, para sumarse al polvo de la tierra seca del potrero e impregnarse en los cuerpos transpirados bajo el sol inclemente de este mediodía de enero; pero a nadie parece importarle ese pequeño sacrificio: ¿que es un golpe de calor al lado de la fortuna y la prosperidad de todo un año? Es que los sueños, sueños son, pero aquí, si no realidad, cuanto menos se hacen miniatura: estamos en la Alasita, la única y auténtica feria de los deseos.

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El lector

A menudo escuchamos a escritores que dicen que no les interesan los lectores, que no piensan en ellos, que los lectores los tienen sin cuidado. Mienten. No hay autor que se precie que no escriba ni una línea sin pensar en el lector. Aunque sí es verdad que se piensa en los lectores de formas muy diferentes según el caso. Esto no significa en absoluto que haya que escribir para los lectores, pensando en complacerlos, o en no ofenderlos, temiendo sus opiniones o sus juicios. Imagino que es eso a lo que se refieren los escritores que dicen que no les preocupan los lectores y, en ese sentido, tienen razón. Pero eso no implica escribir para uno mismo o ignorar que lo que se escribe está destinado a ser leído por otra persona, es un hecho que escribiremos muchos mejores textos si tenemos en cuenta al lector que si lo ignoramos por completo.

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Cómo funciona un cuento

El cuento y la novela tienen muchos elementos en común: se inscriben en la narrativa, están escritos en prosa, nos presentan una historia que se desarrolla a partir de una serie de personajes. Sin embargo, esas similitudes no deben hacernos perder de vista las radicales diferencias entre ambos formatos. Y no se trata solo de las más evidentes, como la extensión, sino de otras más sutiles pero tanto o más importantes, como su modo de funcionamiento. El cuento y la novela trabajan de modo distinto. Destinaremos este artículo a entender cómo opera el cuento.

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El punto de vista

“Un golpe de dados nunca suprimirá el azar”, escribió el poeta simbolista Stephane Mallarmé. Sin tantas expectativas, tomemos un dado y arrojémoslo sobre la mesa. Detengámonos un segundo a observar: vemos la cara blanca superior con tres orificios negros que señalan el número 3, y dos caras laterales, que designan, supongamos, los números 5 y 6. ¿Y las otras caras? Si no hemos revisado el dado antes de arrojarlo, solo por un acto de buena fe, podemos conjeturar que contendrán uno, dos y cuatro orificios negros, pero, ¿si estuvieran en blanco? ¿Si repitieran los mismos números? ¿Si tuvieran diez, doce y ocho orificios? No podemos saberlo con absoluta certeza, desde el lugar en el que observamos. Para cerciorarnos deberíamos levantarnos y girar hacia el otro lado (y aún así quedaría un lado oculto) o tomar el dado y hacerlo girar entre nuestros dedos, y aún así solo veríamos algunas caras por vez,  pero jamás las seis al mismo tiempo.

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El narrador

A menudo olvidamos que la literatura nació como un arte oral. En sus orígenes y durante miles y miles de años los seres humanos se agruparon alrededor del fuego o bajo una bóveda estrellada para escuchar historias que eran contadas por personas especialmente entrenadas en el relato oral. Para culturas que desconocían la escritura, esa era la forma de transmitir sus tradiciones y creencias, mitos, leyendas y conocimientos y traspasarlos de generación en  generación. Los contadores de historias eran especialistas en ese arte: poseían una memoria prodigiosa y contaban con numerosos recursos para capturar la atención de su auditorio y hacerlo vivir las experiencias y vicisitudes de los protagonistas de sus relatos.

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La descripción 3/3 (Tercera parte: la descripción como recurso)

Arribamos a la tercera y última parte de esta serie de artículos dedicados a la descripción. Ya hemos revisado sus características y cómo realizar una buena descripción, sobre todo a partir de la atención a los detalles y la apelación a los sentidos. Ahora, me gustaría finalizar este breve recorrido señalando algunos posibles usos de la descripción como un recurso literario. Ya que, si bien la descripción tiene una función utilitaria dentro de la historia (dar cuenta de un referente real o imaginario) a esa función podemos agregarle otras, expresivas, en la que la descripción es capaz de desplegarse para alcanzar otros usos y producir nuevos sentidos.

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La descripción (Primera parte: la función descriptiva)

Uno de los principales problemas que suelen presentarse al empezar a escribir es el de la descripción ¿Qué describir? ¿Cuánto describir? ¿Cómo describir? Esto se debe, en parte, a la propia naturaleza de la descripción que es, en principio, inagotable. Podemos intentar subsumir gran parte de los interrogantes que suscita el tema en dos grandes enfoques: el de la función y el de la técnica descriptiva.

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