El lector

A menudo escuchamos a escritores que dicen que no les interesan los lectores, que no piensan en ellos, que los lectores los tienen sin cuidado. Mienten. No hay autor que se precie que no escriba ni una línea sin pensar en el lector. Aunque sí es verdad que se piensa en los lectores de formas muy diferentes según el caso. Esto no significa en absoluto que haya que escribir para los lectores, pensando en complacerlos, o en no ofenderlos, temiendo sus opiniones o sus juicios. Imagino que es eso a lo que se refieren los escritores que dicen que no les preocupan los lectores y, en ese sentido, tienen razón. Pero eso no implica escribir para uno mismo o ignorar que lo que se escribe está destinado a ser leído por otra persona, es un hecho que escribiremos muchos mejores textos si tenemos en cuenta al lector que si lo ignoramos por completo.

Entonces, ¿cómo opera la figura del lector en el momento de la escritura? En primer lugar, tenemos que tener en cuenta que hablamos de una virtualidad, de un fantasma, ya que el texto se está escribiendo y no ha sido aún leído por nadie (tal vez ni siquiera por el propio autor). O sea que no nos referimos a lectores reales, empíricos, de carne y hueso, sino al lector como una figura que existe dentro del texto, en tanto este se escribe para ser leído y es en la lectura cuando adquiere su sentido y libera toda su potencia. Como dice Humberto Eco, el texto escrito es una “máquina perezosa” que requiere de la energía de un lector para funcionar y producir sentido. La vida de un texto entonces no termina con su escritura; más bien empieza con su lectura.

Lector Modelo

Se ha escrito muchísimo sobre la lectura, pero no tanto sobre cómo la figura de lector influye en la escritura. En mi opinión, uno de los que lo ha hecho con mayor lucidez y claridad ha sido, precisamente Humberto Eco a través de su concepto de “Lector Modelo”. El Lector Modelo es esta figura virtual del lector que imagina el autor mientras escribe, y que será capaz de cooperar con el texto para interpretarlo del modo en que el autor haya previsto. Veremos algunas características de este Lector Modelo y cómo pueden ayudarnos a tomar mejores decisiones al momento de escribir nuestros propios textos.

El idioma
Suena obvio que el Lector Modelo dominará el idioma en el que está escrito el libro. Pero, en el caso del castellano, por ejemplo, el mismo idioma abarca una comunidad lingüística de 559 millones de personas en todo el mundo, con una enorme cantidad de apropiaciones, giros propios, regionalismos. ¿Decidiremos escribir para la mayor cantidad de lectores hispanohablantes del mundo? Eso implicará que trabajemos con un castellano lo más “neutro” posible. O tal vez querramos que esa comunidad conozca los usos, giros e inflexiones de un lugar específico, en ese caso, al contrario, destacaremos el “color local” del idioma, pero si queremos seguir interpelando potencialmente a ese gran público lector, tendremos que tener en cuenta que desconocerán muchos de esos giros y términos y tal vez pensemos alguna estrategia para reponer esa falta (como un glosario, o que el sentido de esos términos pueda deducirse por contexto, o que su musicalidad sea tan poderosa, que se imponga a su sentido). O tal vez nuestro Lector Modelo forma parte de nuestra misma comunidad lingüística y entonces no tendremos de qué preocuparnos. En principio, El gaucho Martín Fierro, el poema nacional argentino, fue escrito para los propios gauchos, por lo que José Hernández no tenía que aclarar qué era un “bagual” o qué significaba “rayar un pingo”. Ahora, sobre todo en la ciudad, es difícil comprenderlo acabadamente sin la ayuda del glosario que los editores suelen añadirle a sus ediciones.

La enciclopedia
Este es uno de los conceptos más interesantes y productivos que propone Eco. Entendamos por enciclopedia todo lo que nuestro Lector Modelo sabe sobre el tema, asunto o cuestión que abordamos en nuestro texto. Escribiremos una novela náutica, ¿nuestro Lector Modelo será un experto navegante o alguien que nunca ha puesto un pie en un buque? En mi caso, cuando decidí escribir un libro de ficción sobre otro escritor, César Aira, de inmediato se me instaló una pregunta “¿lo escribiría para los lectores de César Aira o para todos los lectores posibles? El modo en que yo imaginara a mi Lector Modelo tendría hondas consecuencias en el texto. Finalmente decidí que el libro fuera dirigido a la mayor cantidad potencial de lectores, pero eso implicaba que aquellos lectores que no hubiesen leído ni una página de Aira llegaran a saber quién era y qué había escrito mientras leían el libro. Este es uno de los aspectos más interesantes del concepto de Enciclopedia: podemos componer el texto de forma tal que nuestro lector pueda extraer los conocimientos imprescindibles para comprenderlo del propio libro. Claro que es menester llevar adelante esta “educación de lector” con sutileza, de ser posible sin que este lo advierta siquiera. En 1984 Orwell pone en manos del protagonista Winston Smith, un libro prohibido escrito por el enemigo del régimen, Goldstein. La transcripción de páginas enteras de ese libro está menos al servicio del personaje que del lector, para instruirlo sobre ese sistema geopolítico totalitario, su función es notoria y queda poco integrada a la trama (la ciencia ficción, que trabaja con mundos posibles, suele tener problemas para integrar de forma armónica ese tipo de información).

La competencia
Si definimos la enciclopedia como los conocimientos de nuestro Lector Modelo podemos identificar a la competencia con su habilidad para interpretar, establecer conexiones y relaciones y, en definitiva, comprender el texto. Algunos textos exigen poco trabajo de sus lectores, ya que están intencionalmente simplificados para adaptarse a una escasa competencia (como suele suceder en los libros infantiles o los manuales de instrucciones), a estos casos Eco los llama textos “cerrados”. Aquí el autor trata por todos los medios de equipararse con la enciclopedia y la competencia de su lector modelo para que este interprete el libro tal y como el autor prevee. Sucede lo contrario con los textos “abiertos”, en los que el autor compone su texto como una serie de materiales dispuestos para que sea el lector quien los termine de organizar y darles un sentido (entre varios posibles). Cuánto más “abierta” una obra, más trabajosa y desafiante resulta para el lector. Los lectores que se enfrentan a estos textos sin la suficiente competencia suelen sentirse frustrados, defraudados o simplemente desconcertados, ya que esperan que el texto les brinde un sentido (o al menos algunas claves para desentrañarlo) que no está ahí, ya que es su tarea construirlo en mutua cooperación con el texto. De todas formas, como nos advierte Eco: “prever el correspondiente Lector Modelo no significa solo ‘esperar’ que este exista, sino también mover el texto para construirlo. Un texto no solo se apoya sobre una competencia: también ayuda a producirla”. Por eso suele decirse de los escritores experimentales, que rompen con las reglas convencionales de la narrativa, que “crean” a sus lectores. Ya que hemos mencionado a Aira, si leemos sus novelas nos encontraremos con un auténtico manual de instrucciones sobre cómo leerlas, apelando a conceptos ad hoc tales como el continuo narrativo o la construcción a partir de procedimientos (muy relacionados con las vanguardias históricas, por otra parte). Esto no opera solo para los lectores convencionales; los muy competentes críticos literarios han leído durante años las novelas aireanas siguiendo al pie de la letra sus instrucciones.

El lector como estrategia
Escribir significa, entre otras cosas, calcular los movimientos del lector, en tanto, para Eco, “generar un texto significa aplicar una estrategia que incluye las previsiones de los movimientos del otro; como ocurre, por lo demás, en toda estrategia”. Esto es muy evidente en el género policial, en el que el texto tiene que aportar pistas para la resolución del crimen al mismo tiempo que “despista” al lector para que no pueda resolver el crimen hasta la revelación final (en este sentido el policial de enigma se plantea como una partida de ajedrez entre autor y lector, quienes mueven sus trebejos interpretativos sobre los escaques del texto para anticipar y bloquear la iniciativa del adversario). Algo similar sucede con el cuento de final sorpresivo: el texto tiene que lograr que el lector ponga su atención sobre ciertas cosas y pase por alto otras, que se revelarán como cruciales al ser revelado un final “sorprendente”. Estas operaciones solo pueden lograrse anticipando los movimientos de un Lector Modelo y cuánto más se ajuste este hipótetico lector al lector real, mayor será el efecto. Aunque algunos lectores se vuelven muy competentes al leer de forma sostenida este tipo de textos y aprenden a advertir los trucos y recursos. Curiosa partida la que se juega en esta clase de textos, en la que el lector aspira a ganar (anticipar el final) con todas sus energías, pero solo celebrará el texto si este lo derrota, es decir, si logra sorprenderlo.

En suma, pensar en el lector al momento de escribir no significa adaptar el texto a sus (hipotéticos) gustos o juicios, sino elaborar un lector conjetural, imaginar un “Lector Modelo” que nos permita ajustar el texto y tomar mejores decisiones en su composición para que sea coherente y funcione a la medida del tipo de lector al que va dirigido. Si les ha servido este texto, es porque he logrado imaginármelos competentemente y si no lo han comprendido o les ha resultado inútil, procuraré hacerlo mejor en el futuro. Como decía Borges: “ojalá seas tú el lector al que este texto está destinado”.

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