Es señalado como uno de los poetas argentinos más notables y de mayor influencia en las nuevas generaciones. Militante político, sociólogo, antropólogo y “pensador callejero”, exploró temas hasta entonces vedados a la intelectualidad, como el cruce entre deseo y política, la lucha por las libertades cotidianas, la identidad de los homosexuales y el éxtasis religioso. Víctima del sida, murió en Brasil en 1992. La publicación de Un barroco de trinchera, recopilación de las cartas que le envió a su amigo Osvaldo Baigorria, es la mejor excusa para repensar su obra y su legado.

El 21 de julio de 1973, el poeta y ensayista Néstor Perlongher aprendió una amarga y dolorosa lección. Había concurrido a un masivo acto convocado por la Juventud Peronista en las puertas de la quinta presidencial de Olivos. Su columna enarbolaba la bandera del Frente de Liberación Homosexual, que en plena primavera camporista buscaba sumar su lucha por las libertades sexuales a las reivindicaciones populares. Sin embargo, en respuesta a José López Rega, quien había emparentado a la izquierda peronista con el FLH acusándolos de “homosexuales y drogadictos”, la multitud no dudó en marcar distancias con el siguiente canto: “No somos putos/ no somos faloperos/ somos soldados de FAR y Montoneros”. Perlongher y otros militantes homosexuales intentaron que desistieran de esa consigna, pero ni siquiera lograron acortar los varios metros que los mantenían aislados del resto. Finalmente, abandonaron la manifestación con la certeza de que en la Argentina no iba a ser nada fácil lograr que el deseo y la política marcharan juntos. Esta explosiva combinación, política y deseo, fue precisamente una de las claves en la obra de Perlongher, quien a catorce años de su muerte (1949-1992) es señalado como uno de los mayores poetas locales. A ese reconocimiento, en los últimos años, se sumó el creciente interés por su obra ensayística, narrativa, periodística e incluso por su correspondencia. A la publicación de Prosa plebeya (Colihue) en 1997 y Papeles insumisos (Santiago Arcos) en 2004, ahora se agrega Un barroco de trinchera (Mansalva), una recopilación de las cartas que el autor de Cadáveres le envió a su amigo, el escritor y periodista Osvaldo Baigorria. Encasillar a Perlongher es imposible: militante trotskista, defensor de los derechos homosexuales, sociólogo, antropólogo, “pensador callejero”, su impulso nómade hizo estallar la cristalización de una identidad estática en el vértigo de un ininterrumpido devenir. Ya antes de publicar su primer libro de poemas, Austria-Hungría, en 1980, se había hecho notar con sus artículos en la revista Somos del FLH y durante los años sangrientos de la última dictadura, a través de fotocopias clandestinas que repartía entre sus conocidos, donde denunciaba la salvaje represión a los homosexuales. Allí podía leerse: “El propio jefe de investigaciones –un rubio con aire SS– me trompeó para que aprenda a respetar a la Policía de Mendoza”. Oprimido por ese clima asfixiante, en 1982 se trasladó a San Pablo, donde se convirtió en profesor de la Universidad de Campinas e inició un master en Antropología Urbana. Su tema fue la prostitución masculina y su metodología consistió en una particular versión de la “observación participante”: se convirtió en cliente y se dedicó a deambular por la zona roja paulista: “Ellos yiran, yo también yiro”, decía para explicar su método. El resultado fue O negocio do michê, cuya versión completa recién se editó en Argentina en 2002 como El negocio del deseo (Paidós). Allí Perlongher trazó una “cartografía deseante” de San Pablo, ayudado por las herramientas teóricas que tomó prestadas de El antiEdipo y Mil mesetas. Esas obras de Gilles Deleuze y Félix Guattari le aportaron claves para pensar la problemática del deseo y su circulación en el tejido social. Pese a vivir en Brasil, Perlongher no se desentendió de lo que sucedía en su país. Apenas recobrada la democracia, emprendió una batalla por la derogación de los edictos policiales. Su tribuna fueron pequeñas publicaciones feministas como Persona o la revista Alfonsina, que dirigía la periodista María Moreno. “Por esos años, Néstor era el único varón que articulaba política y libertad sexual en medio de una izquierda homofóbica”, recuerda Moreno. En esos artículos, que firmaba con los seudónimos Rosa L. de Grossman (homenaje a Rosa Luxemburgo) o Víctor Bosch, se preguntaba si los declamados “derechos humanos” no correspondían también a los homosexuales y marginales que eran asediados a diario por la Policía sin que ninguna institución se interesara por su suerte. Bajo esos mismos sobrenombres impugnó la Guerra de Malvinas, cuando la ironía lo llevó a enarbolar la consigna “Todo el poder a Lady Di” y a burlarse de la izquierda que apoyaba la “gesta antiimperialista” de la dictadura. Esa misma lucidez le permitió vislumbrar que con la epidemia del sida, de la que sería víctima, se avecinaba un dispositivo biopolítico de higienización y moralidad social. “Sería paradójico que el miedo a la muerte nos hiciera perder el gusto por la vida”, afirmaba en El fantasma del sida, ensayo teórico que dedicó al tema y que publicó en 1987. Si fuera necesario trazar genealogías, podría decirse que Perlongher heredó de su padre taxista la pasión por la deriva nómade; y de su madre costurera, las delicadas y refulgentes telas que poblaban sus textos para recubrirlos con una superficie pagana de placer. Tanto en sus poemas como en sus ensayos abundan los drapeados y los oropeles que relucen bajo el brillo del strass y del lamé. Ese empleo lujoso del lenguaje lo convirtió en referente de la poesía neobarroca, una corriente que él mismo ayudó a definir a través de artículos y antologías, donde reivindicó como influencias a los cubanos José Lezama Lima y Severo Sarduy y al argentino Osvaldo Lamborghini. Claro que para el autor de Alambres, el neobarroco devenía irónicamente en “neo- barroso” al chapotear en las aguas fangosas del estuario rioplatense. Para el ensayista Christian Ferrer, que compiló con Baigorria los textos de Prosas plebeyas, Perlongher creó un nuevo género: el “ensayo neobarroco”, en el que, según Ferrer, “se hace imposible distinguir la escama literaria de la trilla argumental”. El sincretismo brasileño también atrajo la atención de Perlongher. En 1987 se vinculó a la religión del Santo Daime, que se basa en el consumo ritual de ayahuasca. Si para él la escritura poética siempre había implicado “una forma leve de trance”, esta experiencia se potenció en las luminosas visiones del éxtasis, lo que retrató en los poemas de Aguas aéreas y en artículos como “La religión de la ayahuasca”. “Muchos creen que Néstor se vinculó al Daime para buscar una cura al sida, pero él se enteró de que estaba infectado dos años después”, sostiene hoy Baigorria, quien ve el motivo de esa búsqueda en la influencia de los poetas beatniks. Fue precisamente el estudio de una religión basada en el éxtasis místico el tema que Perlongher, en su rol de antropólogo, propuso para su beca de doctorado en París. Se trasladó allí en 1989, pero la experiencia fue catastrófica: sufrió el desdén del cerrado ambiente intelectual francés y descubrió que estaba infectado de VIH. Ese desasosiego lo volcó magistralmente en su artículo “9 meses en París” y en las cartas que envió a su amiga Sara Torres, donde le confesó: “Hay como una lentitud de la tristeza que me hace ir dejando sin hacer las cosas y cayendo en una nenia nihilista”. De regreso en San Pablo, Perlongher siguió escribiendo sin pausa hasta su muerte, el 26 de noviembre de 1992. En pocos años exploró temas hasta entonces vedados a la intelectualidad argentina, como el deseo y la política, la lucha por las libertades cotidianas, la identidad homosexual y el éxtasis religioso. Y lo hizo con un lenguaje personal donde el brillo de las palabras no encandila la fuerza de los argumentos. “Ser es devenir”, dijo alguna vez. Esa fuga permanente lo llevó a vivir explorando los márgenes, a bucear en el barro para extraer pulidas piedras preciosas.