Josefina Ludmer, maestra de la crítica literaria, entrevista a un escritor joven: Ariel Idez │ Clarín

“La literatura no influye en la sociedad más que como un efecto derrame”

por Josefina Ludmer para Clarín │ Septiembre de 2012

Me encanta leer escritores menores de 40 porque dejan ver algo del movimiento de la cultura y lo cuentan de muchas maneras. Por ejemplo, la divertida y muy interesante novela La última de César Aira de Ariel Idez (Pánico el pánico, 2012), que hace su principio del epigonismo que caracteriza a la literatura argentina, es decir, de la tendencia de los escritores a inscribirse en determinadas tradiciones, corrientes estéticas o estilo de un escritor.

La última de César Aira cuenta los avatares de la publicación de una novela inédita de Aira por parte de una editorial de jóvenes, y es una apropiación de “la máquina Aira” (la “maquinAira”, dice algún personaje): diversión, improvisación, inteligencia, ligereza, personajes estrafalarios tratados como tipos (“el Enano sexy, puto y nazi”). Tiene dos tiempos, el realista y el delirante, separados pero juntos. Se habla nada más que de Aira, de una novela inédita de Aira, de ir a su casa para entrevistarlo, y se habla nada más que de libros.

–En una historia literaria como la argentina, tan cargada de epigonismos, declararse sucesor podría ser la condición de existencia de un escritor. ¿Por qué Aira?

–Bueno, por gusto, por placer y por capricho. Cuando leí a Aira por primera vez tuve una sensación de libertad que no había experimentado antes y me volví un fan. Leía todo lo que encontraba de Aira sin importar el género: teatro, ensayo, relatos y, por supuesto, sus novelas. Leer a Aira me producía unas irresistibles ganas de escribir… como Aira, y ahí estaba el problema, porque veía que era algo que estaban haciendo otros escritores. Entonces se me ocurrió escribir una novela aireana autoconciente de sus condiciones de producción, que me pareció una vuelta de tuerca y algo que no se había hecho hasta el momento. La narración como máquina de lectura también parte del propio proyecto de Aira. Sus novelas contienen pistas y sugerencias acerca de cómo deberían ser leídas, que fueron retomadas por la crítica. Entonces, si la obra de ficción (de Aira) estipulaba la forma en la que debía ser leída críticamente, ¿por qué no pensar en leer esa obra críticamente a través de un texto de ficción?

–¿Cómo contarías la historia de la literatura argentina de los últimos 40 o 50 años: después de Cortázar, digamos?

–Creo que hay varias historias, que confluyen en lo que actualmente podemos pensar como literatura argentina. No tiene que ver sólo con el nombre de unos escritores en la conformación de un canon, sino también con una historia de la lectura, de la producción y de los modos de circulación de los textos literarios: todo ha cambiado y ni siquiera el libro como soporte tiene garantizada su continuidad por estos días. Por un lado, creo que a partir de Cortázar, o tal vez de Puig, la literatura fue cerrándose sobre sí misma en un devenir minoritario, producto quizá del crecimiento de los medios masivos de comunicación y de otras prácticas culturales (como el rock) que lograron interpelar de forma más certera y directa a un público masivo. Hoy tengo la impresión de que la literatura no influye en la sociedad más que como un “efecto derrame”, como podría ser la influencia de Fogwill en las letras de Babasónicos. Esto también se advierte en las políticas editoriales: los grandes sellos publican autores consagrados o textos que asumen pocos riesgos estéticos, lo más interesante de la literatura contemporánea aparece en editoriales independientes como Pánico el pánico, Mansalva, Tamarisco, Stanton, Santiago Arcos, etc.

– ¿A quiénes pondrías en una historia literaria del presente?

–Creo que hay una constelación que se arma a partir de los años setenta y de la revista Literal, que promueve Fogwill en los 80 y que tiene en el centro a Osvaldo Lamborghini y a César Aira, acompañados por otros nombres como Héctor Libertella, Alberto Laiseca, J.R. Willcock, Copi. De todas formas me parece que la literatura es una máquina que funciona mejor cuando se le aplican engranajes que no encajan; es una máquina que hay que desajustar para que funcione. En ese sentido, como decía Libertella, “hay que irse al margen para llegar al centro”; es una literatura renovada por un polaco que escribe en castellano (Gombrowicz) o un argentino que escribe en francés (Copi). De los autores que no encajan los que más me gustan son Laiseca y Hebe Uhart.

–Una de las cosas que más me interesaron de tu novela es que la materia no sólo son las novelas de Aira, los personajes de Aira y la escritura de Aira, sino que se habla sólo de libros, de editoriales; el
dealer
es
dealer
de libros; los “negros” son los que escribían para los escritores del siglo XIX, que firmaban folletines. Ante esa referencia casi masiva, ¿pensás el apocalipsis con que se cierra la novela como algún fin de la literatura en papel y como el modo en que podría terminar la cultura del libro en el pasaje a la cultura digital?

–El final apocalíptico es otra cita de Aira, que abunda en ese tipo de cierres (como en Embalse o Los misterios de Rosario ). No creo que la cultura del libro desaparezca, a lo sumo el libro se va a volver un objeto de lujo, como sucede ahora con el vinilo; en la medida que los objetos culturales se desmaterializan sobreviene una oleada de “rematerialización nostálgica”. Lo que seguramente van a cambiar (ya lo están haciendo) los dispositivos electrónicos de lectura son los modos de leer y por ende de escribir literatura, aunque no creo que eso equivalga a un apocalipsis.

–Entiendo que tenés un título universitario: ¿te parece que esa formación es parte de la literatura o esta es algo así como un “espacio aparte”?

–Estudié Ciencias de la Comunicación, una carrera que estuvo de moda en los años 90. Se trata de una carrera muy extraña, que te recibe con un taller de escritura creativa de un año de duración y en la que los alumnos son bombardeados con una multiplicidad de saberes y prácticas diversas, muy distintas e incluso contradictorias entre sí, por lo que no me parece casual que muchos escritores de mi generación, como Pablo Katchadjián, Mauro Lo Coco o Esteban Castromán hayan salido de ahí.

 

Nota original: https://www.clarin.com/sociedad/literatura-influye-sociedad-efecto-derrame_0_Hk3ezmx3DQl.html