“Prohibido bañarse en el río”, dice el cartel. Un poco más allá, setecientos nadadores y nadadoras apretados junto a la costa estamos a punto de tirarnos al agua. No nos vamos a bañar, nadaremos la prueba de aguas abiertas más popular del país: nueve kilómetros en el río Paraná. Bienvenidos a Baradero.Como otros grandes inventos, Baradero nació casi por casualidad, como una práctica de una escuela de guardavidas que, luego, se transformó en competencia. En la primera edición, en 1993, hubo 86 nadadores. En la segunda, 150. Y así hasta llegar al récord de 2200 competidores en el 2002, cuando los organizadores se dieron cuenta que el río les quedaba chico y redujeron las inscripciones hasta los 1200 actuales.

¿Cuál fue la clave del éxito de Baradero? La corriente, la distancia. Hasta ese momento las aguas abiertas estaban cerradas: eran territorio exclusivo de los atletas súper profesionales capaces de afrontar los 57 kilómetros de una Santa Fe-Coronda o los 88 de una Hernandarias-Paraná. Baradero abrió las aguas al “nadador amateur”. Nueve kilómetros que por la fuerte correntada equivalen a tres de pileta. Hay que decirlo: si uno flota y se queda quieto un rato largo, tardará más, pero igual va a llegar.

Otras localidades tomaron nota y pronto las “maratones acuáticas” de entre siete y nueve kilómetros empezaron a filtrarse por todos lados: San Pedro, Ramallo, Junín, Gualeguaychú, Lobos, Chascomús, sin embargo Baradero fue la primera. Fabián D’Eramo, organizador de la prueba, lo sintetiza: “Antes, no había carreras amateurs como ésta, en la que puede participar la señora que va dos veces por semana a hacer natación”. Proeza modesta, aunque proeza al fin.

El domingo 4 de noviembre amanece nublado, pero nadie se atreve a pronunciar la palabra “tormenta”. Inútil buscar alojamiento en la ciudad, todas las plazas se agotan con un mes de anticipación. Baradero está desbordado, pero las calles siguen ilustrando la misma postal bucólica de pueblo chico. Sólo hay cambios en la costanera: gazebos de marcas deportivas en los que los atletas revuelven con olfato de outlet cestos que ofrecen dos slips por $ 60 con la palabra “Guardavidas” en las nalgas, carpas de clubes, libre circulación de vaselina para evitar el rozamiento, alcohol boricado, protector solar, átomo desinflamante. En la parrilla del puesto callejero, los chorizos languidecen. Los nadadores hacemos cola para comprar fideos y tener nuestro almuerzo de carbohidratos.

A las 14, el organizador nos convoca en la explanada del puerto para la charla técnica. Pregunta quién corre por primera vez y se alzan más de la mitad de los brazos. Según Edgardo Castañón, entrenador de natación que ha traído 57 alumnos, una persona que practique dos veces por semana durante un año estará en condiciones de nadar la carrera. El organizador resume la charla técnica en tres indicaciones: “Busquen el centro del río, miren hacia delante y no se encimen en la salida.”

En la caja de lata del camión que nos lleva a la largada los 28 grados parecen muchos más. Viajamos con lo puesto, lo estrictamente necesario: malla o slip, gorra y antiparras. El olor que reina es un extracto de protector solar, sudor y crema desinflamante. Alguien cierra la caja desde abajo y el camión se pone en marcha con un sacudón que nos bandea y un bocinazo que despierta gritos de entusiasmo. Surfeamos por la costanera de tierra los dos kilómetros que nos separan del Balneario Municipal entre los saludos y las chanzas de la gente que se apiña a la entrada del camping para ver el espectáculo que brindamos. Un alma piadosa, incluso, nos arroja un baldazo.
El camión nos deja en la puerta del balneario y tenemos que caminar, descalzos, por un sendero de asfalto caliente los 600 metros que nos separan de la largada. Avanzamos a los saltos. Llegamos a la confluencia del río Arrecifes y el Baradero, el mismo lugar en el que Hernandarias dispuso, en 1615, la “reducción” de aborígenes que dio origen al pueblo. Nos ubican en corrales según nuestra edad, que divide las categorías en franjas de cinco años; mientras esperan su momento, los nadadores mitigan la tensión elongando los tríceps o calientan las articulaciones sacudiendo los brazos como aspas. Cuando llega nuestro turno nos hacen entrar al río y esperar la señal con el agua a la cintura. Pongo un pie y me hundo hasta la rodilla en el fondo legamoso. El agua está fresca. De pronto se hace un silencio, los cuerpos se alistan. Suena la sirena. Empezó la carrera.

Largo casi en línea recta para evitar el tumulto pero igual doy y recibo: una mano que me pega en la espalda, una patada que me pasa a centímetros de la cara, cuerpos que se chocan. Nada importa, levanto la cabeza y busco llegar rápido al centro del río para encontrar la corriente, esa energía descomunal que empuja el agua a 4 kilómetros por hora.

La corriente más fuerte pasa por el centro, hay que encontrarla y evitar perderla en los numerosos recodos. No se ve, pero se siente: cuando alcanzo la mitad del río una fuerza ciega me hace vibrar el cuerpo y de repente me siento expulsado hacia adelante, apenas las puntas de los dedos pegados tocan el agua el brazo se me estira como si fuera de goma. Me deslizo sobre la película líquida del río como si patinara, ralentizo las brazadas para ahorrar energía y dejar que la corriente haga el desgaste. Se supone que tengo que tirarme a la izquierda, para salir derecho de la primera curva, la más pronunciada de todas. A lo largo de la carrera el río se arquea como una serpiente por lo que uno no se puede confiar: un error de cálculo, una curva mal tomada y de pronto uno queda pegado a la orilla mientras los nadadores pasan por el medio. Recorrí varias veces el río entre ayer y hoy, pero desde adentro todo se ve distinto, no hay curvas, las orillas se hacen difusas, todo es agua: al respirar a la derecha, el camping, la gente alentando en la orilla, al sacar la cabeza a la izquierda, el campo, las vacas, hacia adelante, las cabezas coloreadas por las gorras de los nadadores, la espuma de su estela, el marrón río, en todas partes, la abundancia del cielo de la pampa.

Cuando respiro hago buches; el agua tiene el gusto dulzón del río, pero hay que evitar tragarla, tiene también millones de microbios. Respirar hacia ambos lados y mirar hacia adelante; orientarse en el río es difícil: cuando el traslado se hacía en barcaza podías ir buscando referencias en las orillas, pero ahora se nada “a ciegas”. Las aguas abiertas imponen una delicada administración de las energías. Si te exigís más de lo que podés dar, te “quemás”; es como fundir el motor biológico, se te acaba la nafta y te sentís mal, muy mal, con un agotamiento que apenas te permite levantar los brazos y llevarlos para adelante. Si te exigís de menos, al llegar uno se frustra, pensando que no dio todo, que le sobró un vuelto vital. Hay que dar lo justo, en cada momento, seguir el ritmo, atender al bombeo pulsado del corazón. “Voy hacia lo que menos conocí en mi vida”, escribió el poeta y nadador Héctor Viel Temperley: “Voy hacia mi propio cuerpo”.

Los experimentados conocen trucos, como ir “chupado”: pegarse atrás de un nadador un poco más rápido y seguirlo. No está bien visto. El que va delante hace todo el esfuerzo para romper la resistencia del agua y el de atrás ahorra energía mientras viaja adherido a su estela, como un parásito. Otra alternativa es sumarse a un “pelotón”: un cardumen de nadadores parejos que avanzan, entre todos, más de lo que podría cada uno por separado. Yo voy solo. Algunos me pasan, a otros los adelanto hasta que sucede, es infalible: entre mil nadadores siempre está el que nada como vos. Contra ése competís, otra forma de decir que competís contra vos mismo. Me lo encuentro en la mitad de la carrera, tiene una gorra roja, antiparras negras y el estilo algo brutal de los nadadores de aguas abiertas, que no flexionan el brazo y golpean el agua con violencia para sortear la marejada. Yo tengo un estilo más de pileta, depurado: quiebro el codo cuando hago el recobro de la brazada, poso los dedos sobre el agua, como si fuera a acariciarla. En cada respiración, veo su boca abierta cuando toma el aire. Él acelera y yo lo alcanzo, yo adelanto y él me empata. No sé quién es ni lo voy a saber jamás, pero por un rato no existe otra cosa más que él y yo. Esquivamos pelotones y nadadores rezagados. Ya no tengo noción del tiempo, los brazos me pesan, después del puerto hay pocas referencias salvo el río y las orillas que cabrillean iguales a sí mismas. Hasta que veo un ranchito pobre en la margen izquierda que recuerdo cerca y un poco más adelante la mole blanca de la usina de Atanor y un puntito blanco: la llegada y me tiro con todo a la derecha, pierdo de vista a mi adversario, mi compañero, pero no queda otra: tengo que acercarme con tiempo porque si no corro el riesgo de pasarme y tener que remontar el río a contracorriente. Es el sprint final y en el embudo de la llegada vuelve la aglomeración: nos chocamos, nos pegamos: lo único que importa es llegar. Toco el barro con la punta de los dedos y me incorporo, estoy mareado, exhausto, piso el fondo, pierdo el equilibrio pero una mano me agarra y me ayuda.

Salgo temblando, chorreando, boqueando aire.