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	<title>Crónica &#8211; Ariel Idez</title>
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	<title>Crónica &#8211; Ariel Idez</title>
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		<title>Alasita: la feria de los deseos</title>
		<link>https://arielidez.com/2020/02/14/alasita-la-feria-de-los-deseos/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Ariel Idez]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 14 Feb 2020 11:42:43 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Safari Urbano]]></category>
		<category><![CDATA[Alasita]]></category>
		<category><![CDATA[Bolivia]]></category>
		<category><![CDATA[Crónica]]></category>
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					<description><![CDATA[“Alce su torito”, dice el yatiri&#160; en cuclillas, y arroja unas gotas de alcohol fino sobre la figura de cerámica de un toro negro y bravo,&#160; repleto de dólares, pesos y euros sobre el lomo mientras murmura&#160; en letanía una oración aymara. El yatiri lleva una remera blanca, un pantalón color crema, sandalias franciscanas y &#8230; <a href="https://arielidez.com/2020/02/14/alasita-la-feria-de-los-deseos/" class="excerpt-link">Read More</a>]]></description>
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<p>“Alce su torito”, dice el yatiri&nbsp; en cuclillas, y arroja unas gotas de alcohol
fino sobre la figura de cerámica de un toro negro y bravo,&nbsp; repleto de dólares, pesos y euros sobre el
lomo mientras murmura&nbsp; en letanía una
oración aymara. El yatiri lleva una remera blanca, un pantalón color crema,
sandalias franciscanas y un sombrero andino y sólo se diferencia de los demás
mortales por el cuenco con carbones ardiendo a sus pies, sobre el que ahora
arroja una cucharadita de incienso que al tocar la brasa desprende un humo
blanco, aromático y espeso. Un humo que baña y recubre al toro de la abundancia
mientras su esperanzado dueño lo hace girar en círculos, un humo que&nbsp; se difumina en volutas y se pierde en el
aire, como los sueños que anima, para sumarse al polvo de la tierra seca del
potrero e impregnarse en los cuerpos transpirados bajo el sol inclemente de
este mediodía de enero; pero a nadie parece importarle ese pequeño sacrificio:
¿que es un golpe de calor al lado de la fortuna y la prosperidad de todo un
año? Es que los sueños, sueños son, pero aquí, si no realidad, cuanto menos se
hacen miniatura: estamos en la
 Alasita, la única y auténtica feria de los deseos. </p>



<span id="more-9380"></span>



<p>“No, mi amigo, pos que en La Paz es más fresquito, por la altura”, me dice
Efraín cuando le pregunto si allá, cuna de la celebración, se sufre tanto como
acá, ahora, bajo este sol tremendo. Efraín es obrero textil y recorre los
puestos consultando el precio de un taller en miniatura “con máquinas de coser
juky, que son de las mejores”. Estamos en un extremo del Parque Avellaneda, en
el límite con la autopista y a espaldas de los porteños que burlan el calor
chapoteando en la pileta municipal o lo mitigan echados en el césped&nbsp; mientras chupan bucólicos un helado de agua.
Una suerte de arco de fútbol hecho con dos cañas y una soga sobre la que
cuelgan a los costados dos taris (pequeñas pañoletas tejidas en telares sobre
las que se depositan las ofrendas) y la wiphala multicolor los pueblos
originarios andinos, marca la
 Huaka, centro energético del lugar y portal ceremonial que
una vez transpuesto nos deposita en la Alasita: una feria que cuenta con un centenar de
puestos dedicados a vender sueños en miniatura, una veintena de yatiris
(hechiceros aymaras) listos para challarlos (bendecirlos) y, por supuesto, la
figura encargada de volverlos realidad: el célebre ekeko. </p>



<p>El tatarabuelo del ekeko se llamaba Iqiqu y ya les cumplía a
los aborígenes de la cultura Tiwanacu, allá por el 200 antes de Cristo y en la
época de Qullasuyo, bajo el dominio incaico. Los conquistadores españoles
intentaron mandarlo al arcón de los recuerdos paganos pero el sincretismo, que
todo lo puede, le dio revancha en 1781: tras vencer el sitio aborigen de Tupac
Katari, el gobernador de La Paz,
Sebastián Segurola organizó festejos un 24 de enero para honrar a la virgen y
los paceños, ni lentos ni perezosos, aprovecharon para restituir un antiguo
ritual&nbsp; aborigen de intercambio de
miniaturas y, de paso, tallaron al nuevo ekeko a imagen y semejanza del
gobernador: petiso, gordito y bigotudo y lograron hacer de una derrota en las
armas una victoria de la cultura. Ahora las miniaturas no se truecan y ya no
representan, como en aquellas épocas, granos para una buena cosecha, animales
gordos o mujeres y niños para formar o ampliar una familia sino que se compran
con dinero contante y sonante y representan los deseos concretos, materiales,
palpables de toda una comunidad tan ligada a su tradición como al materialismo
de sus anhelos. Los puestos ofrecen de todo pero suelen especializarse en algún
rubro, como el que abarrota su escaparate con pick ups Toyota, Renault Kangoos,
combis para el trasporte de pasajeros y camiones repletos de mercancías que
vienen con sus mini papeles en regla, para que el comprador les ponga la firma.
Otro puesto ofrece casas de todo tipo, tamaño y precio: de 2, 3 y 4 ambientes,
dúplex, estilo chalet con techo a dos aguas y de dibujo moderno que parecen
diseñadas por Le Corbusier y para los que prefieren ir paso a paso hay terrenos
con los primeros ladrillos de los cimientos y una bolsita de cemento,
carretilla y herramientas, los que gustan viajar pueden llevarse unas valijitas
con pasaje de avión, tarjetas de crédito y dinero en efectivo, los que teman a
la inflación pueden adquirir changuitos de supermercado llenos de productos y
para los que quieran especular con ella hay tiendas de abarrotes y de
artefactos eléctricos y con dinero también se compra dinero: a $5 los fajos de
dólares, de pesos, de euros.</p>



<p>_¿De a bolivianos no tiene? pregunta una cándida señora
frente a un puesto que parece casa de cambio.</p>



<p>_No, bolivianos no tengo mamita –repone la puestera–
bolivianos no vas a usar aquí, llévate pues pesos o dólares. </p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="1024" height="768" src="https://arielidez.com/wp-content/uploads/2020/02/IMGP2892-1024x768.jpg" alt="" class="wp-image-9382" srcset="https://arielidez.com/wp-content/uploads/2020/02/IMGP2892-1024x768.jpg 1024w, https://arielidez.com/wp-content/uploads/2020/02/IMGP2892-300x225.jpg 300w, https://arielidez.com/wp-content/uploads/2020/02/IMGP2892-768x576.jpg 768w, https://arielidez.com/wp-content/uploads/2020/02/IMGP2892-1536x1152.jpg 1536w, https://arielidez.com/wp-content/uploads/2020/02/IMGP2892-2048x1536.jpg 2048w, https://arielidez.com/wp-content/uploads/2020/02/IMGP2892-400x300.jpg 400w, https://arielidez.com/wp-content/uploads/2020/02/IMGP2892-600x450.jpg 600w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /><figcaption>Puesto de minaturas en la Alasita</figcaption></figure>



<p>El sol ya dobló la curva del mediodía y castiga más que
nunca, me arde la espalda y maldigo el momento en que se me ocurrió ponerme una
musculosa, pero a pesar del calor la feria está repleta, tal vez porque el
mediodía es el mejor momento para hacer ch’allar (bendecir ahumando) las
miniaturas adquiridas. Sobre el modesto escenario montado por la comunidad
Wayna Marka, organizadora del evento, suenan los acordes de folclore andino que
desgranan los integrantes de la “Sonora del Che” (sic) mientras a un costado,
en el stand más prolijo de la feria, desde un gazebo de lona blanca,
inmaculada, las promotoras de Western Union regalan unas viseras de plástico
duro, amarillo, tan apretadas sobre la cabeza que más que proteger del sol
parecen destinadas a sumar un nuevo sacrificio para beneplácito de los dioses.
Entre los cientos de bolivianos se destacan algunos porteños progres, alguna
que otra señora gorda que entra, pregunta y se va y unos chicos corte filosofía
y letras que se sacan fotos con los yatiris mientras se hacen humear los
micro-deseos. Mi amigo Nicolás Recoaro no es ni una cosa ni la otra, pero me
dice que con la pinta de gringo que tiene no va a poder vender ni un solo <em>Bolita. </em>Nicolás, que fue quien me
recomendó venir a la Alasita
es redactor del diario <em>Renacer</em> de la
comunidad boliviana y ahora trata de vender unos ejemplares del <em>Bolita</em>, edición satírica en miniatura
que el periódico editó para la ocasión, imitando las ediciones miniatura que
los principales diarios bolivianos hacen para las Alasitas paceñas.</p>



<p>_Pero con esta pinta de gringo no voy a vender nada, che.</p>



<p>Se queja Nicolás mientras vocea su <em>Bolita</em> y me recomienda los stands donde puedo adquirir mi ekeko
porque yo también tengo mis deseos para este año. </p>



<p>“El fumar es perjudicial para la salud, pero auspicioso para
los deseos”, debería decir en el lomo del ekeko. La figura se suele representar
atiborrada de mercaderías, como si llevara la canasta familiar a cuestas, los
brazos extendidos y la boca abierta con el diámetro justo para encajarle un
pucho. Sucede que los dioses fumaban como locos pero se quedaron sin nada al
darle el tabaco a los hombres, según la mitología andina. Por eso se les
retribuye a través del ekeko, colocando un cigarrillo encendido en su boca
después de formular un deseo. Si el ekeko se lo fuma entero hay un futuro
promisorio para ese anhelo, si el pucho se apaga a la mitad, hmm, bueno, mejor
desear otra cosa.&nbsp;&nbsp; A pesar de su fama
cosmopolita, la recorrida por los puestos arroja malas noticias para nuestro
amigo: el ekeko está en baja, lo que más sale ahora son los toros: hay una
proporción de 5 a
1 por cada enano fumón, y los hay de todos los tamaños con precios que oscilan
entre los 10 y los 70 pesos. Pienso que tal vez ya casi todos tengan un ekeko y
por eso se busca algún otro amuleto para llevar a casa. “El toro tu lo pones
junto a la puerta y te protege de los que te envidian cuando a ti te va bien”,
me explica una puestera. El toro te protege y el sapo te da abundancia y el
gallo le consigue novio a las chicas y el chancho ahorros y el elefante… en
fin, hay toda una zoología de la buena fortuna, pero lo que nunca antes se
había visto es lo que ofrecen algunos puestos en carácter de absoluta novedad:
figuras de Evo Morales con la banda presidencial a $35. Tal vez en 200 años al
ekeko se le oscurezca la piel, pierda el bigote y se le redondee la cara, quién
sabe, el sincretismo lo puede todo.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" width="1024" height="768" src="https://arielidez.com/wp-content/uploads/2020/02/IMGP2894-1024x768.jpg" alt="" class="wp-image-9383" srcset="https://arielidez.com/wp-content/uploads/2020/02/IMGP2894-1024x768.jpg 1024w, https://arielidez.com/wp-content/uploads/2020/02/IMGP2894-300x225.jpg 300w, https://arielidez.com/wp-content/uploads/2020/02/IMGP2894-768x576.jpg 768w, https://arielidez.com/wp-content/uploads/2020/02/IMGP2894-1536x1152.jpg 1536w, https://arielidez.com/wp-content/uploads/2020/02/IMGP2894-2048x1536.jpg 2048w, https://arielidez.com/wp-content/uploads/2020/02/IMGP2894-400x300.jpg 400w, https://arielidez.com/wp-content/uploads/2020/02/IMGP2894-600x450.jpg 600w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /><figcaption>Yatiris en acción</figcaption></figure>



<p>Al final me compro un ekeko talle medium por $25. Estoy muy
contento con mi adquisición: tiene dos billetes de 100 dólares en cada mano, un
atado de L&amp;M en un hombro y auto amarillo en el otro y, todo alrededor, le
cuelgan paquetes de leche, Postre Royal, Té, Dentífrico, Vino en cartón,
Cebollas, telas, condimentos, harina, puré de tomates, cada saco relleno con su
contenido correspondiente; siento que mi prosperidad está garantizada. Lo que
no puedo encontrar es un libro en miniatura, para esas sutilezas, me dice
Nicolás, tengo que ir a las alasitas de La Paz y, por el momento, de lo que aquí se ofrece
no me interesa un título de propiedad de casa o auto, ni un local en Palermo o La Salada ni una mini-boutique
que viene con su habilitación municipal incluida. Me contento con un fajo de
billetes de 100 pesos. A mi lado una chica le pide al puestero un DNI color
bordó, para extranjeros.</p>



<p>_No tengo DNI suelto, pero tengo la billetera que trae todo:
billetes, DNI, licencia de conducir, tarjetas de crédito.</p>



<p>_No, dice la chica, yo sólo quiero mi DNI.</p>



<p>Algunos sí que saben lo que es perseverar en su deseo.</p>



<p>“Mira el humo, te iras de viaje muy, muy lejos”, me dice
Silvia, la yatiri que elijo para hacer challar mi ekeko. Con la punta de un
pincel arroja gotas de cerveza, vino y alcohol sobre mi amuleto y después deja
caer el incienso sobre las brasas: el humo anuncia un largo viaje. Después me
pasa un tiento de cuero trenzado por el cuerpo para alejar la mala energía y me
dice que sufro de dolor de cabeza, aunque acá confunde el presente con lo que
el futuro y el calor, la cerveza caliente y la comida paceña me tienen deparado
para unas horas más tarde y, <em>last but not
least</em>, me mira a los ojos y me dice: “Tu vas a seguir estudiando y te va a
gustar y te va a ir bien”, y teniendo en cuenta que aguardo el resultado de una
beca de doctorado el vaticinio me sienta al pelo y pago con gusto los diez
pesitos por el challado. Cumplido nuestro compromiso con los dioses de la
abundancia, nos corremos con Nicolás&nbsp; a
un costado para refocilarnos en el patio de comidas que los puesteros montaron
bajo una enramada surcada por tiras de media sombra. En ese espontáneo polo de
la gastronomía étnica nos entregamos a un festín a puro fricasé de res,
chicharrón de cerdo y pejerrey con arroz y esos granos blancos y gigantes del
maíz andino y bajamos todo con una jarra de mocochinchi (el refresco cruceño de
duraznos deshidratados). Aplastado por el calor, la comida paceña y alguna otra
sustancia de la madre tierra me retiro, abombado pero feliz, con mi ekeko al
hombro y mis sueños a cuestas, recordando aquella sentencia que leí una vez en
un libro de&nbsp; Giorgio Agamben: “la
miniaturización es una liberación profana, una auténtica ‘salvación por lo
pequeño’”.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>The Villegas affaire</title>
		<link>https://arielidez.com/2020/02/07/the-villegas-affaire/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[arielidez]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 07 Feb 2020 21:41:30 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Safari Urbano]]></category>
		<category><![CDATA[Crónica]]></category>
		<category><![CDATA[Puig]]></category>
		<category><![CDATA[Villegas]]></category>
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					<description><![CDATA[El agua corriente es salada en General Villegas. Es lo primero que advierto, cuando me quiero enjuagar la boca seca por los quinientos dieciocho kilómetros recorridos desde San Rafael, Mendoza. Me lavo los dientes, junto el agua de la canilla haciendo un cuenco con las manos, me las llevo a la boca, hago un buche &#8230; <a href="https://arielidez.com/2020/02/07/the-villegas-affaire/" class="excerpt-link">Read More</a>]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p>El agua corriente es salada en General Villegas. Es lo primero que advierto, cuando me quiero enjuagar la boca seca por los quinientos dieciocho kilómetros recorridos desde San Rafael, Mendoza. Me lavo los dientes, junto el agua de la canilla haciendo un cuenco con las manos, me las llevo a la boca, hago un buche y, siento, de pronto, el gusto a salitre. Por lo demás, todo es nuevo y lustroso en el flamante hotel Eben Ezer. En la recepción, una huésped felicita al gerente por las instalaciones y acto seguido le pregunta:</p>
<p>

</p>
<p>_¿Y quién se hospeda acá? –como si en verdad quisiera saber para qué hacen un nuevo hotel en Villegas, cuando ya cuentan con uno, dos, tres. El gerente explica sin sacarse la sonrisa de la cara que auditores, viajantes de comercio, ingenieros agrónomos, gerentes bancarios y, por supuesto, gente de paso que hace noche a mitad de su camino hacia acá o hacia allá, a la montaña o a la costa, como esa misma mujer, como mi pareja y yo.<span id="more-9356"></span></p>
<p>Pero yo tengo otro motivo para parar en Villegas y no en Realicó, en Lincoln, en Junín: quiero conocer la patria literaria de Manuel Puig, el hijo pródigo, el “ciudadano ilustre” del pueblo al que nunca volvió y al que cinceló en letras de molde con sus dos primeras novelas: <em>La traición de Rita Hayworth </em>y <em>Boquitas pintadas. </em></p>
<p>Es domingo a la noche y Villegas bulle de actividad: están llenas las mesas a la calle del Club Eclipse, de la cervecería artesanal, de las heladerías y del Club Sportivo, frente a la plaza. Si hay gente con privaciones en este pueblo, vive lejos del centro, se oculta (o es ocultada), no se muestra. Los demás, si no todos, viven la bonanza de la pampa bonaerense. Sin ninguna referencia, el juego consiste en divisar las fachadas y especular cuáles habrá visto Puig con sus propios ojos de niño curioso, demasiado sensible para las asperezas rurales y los mandatos de la dominación masculina que tan bien diseccionó en sus novelas (ser hombrecito, ser macho, o sufrir en silencio las consecuencias). En la plaza principal, finalmente, doy con un cartel que expone el Villegas de Puig, un circuito acotado alrededor de la misma plaza, pero que está tan desteñido que no puede leerse. Lo mismo pasó con el cartel que desde la ruta daba la bienvenida “al pueblo de Manuel Puig”, blanqueado por el sol, la sal, el polvo del camino.<img decoding="async" class="size-full wp-image-9363 alignright" src="https://arielidez.com/wp-content/uploads/2020/02/Teatro-Español-Villegas-1.jpg" alt="" width="275" height="183" /></p>
<p>El lunes Villegas amanece temprano, el sol de fin de enero castiga desde el primer minuto en que asoma por el horizonte chato, infinito de la pampa y la gente aprovecha para hacer trámites y mandados antes de que los sorprenda la siesta. En la Casa de la Cultura de Villegas hay un epígrafe pintado en letras blancas sobre una pared rosa: “Piensa, sueña, cree y atrévete” que no pertenece a Puig, sino a Walt Disney. La empleada que nos atiende tiene dificultades para distinguir al escritor Manuel Puig del pintor Carlos Alonso (al que Villegas le ha dedicado un museo donde se expone su serie “La guerra al malón”). No, no tiene folletos ni mapas, desgraciadamente, pero nos recomienda la cartelería de la plaza, cuando le explicamos que no se lee, admite que habría que cambiarla y nos encomienda a la Biblioteca Pública Municipal de Villegas. Ahí sí se respira la puigmanía, en ese edificio remodelado de una antigua escuela, con mesas sobre las que reposan libros, en su mayoría novedades, tanto de editoriales grandes como independientes. Una señora entra a devolver una novela de Edgardo Cozarinsky (escritor afín a Puig por donde se lo mire). Sabemos que en el centro puntual de la maraña de libros y palabras, está el corazón que marca el pulso de Puig en Villegas: Patricia Bargero, “la viuda de Puig”, como la han apodado las filosas lenguas del pueblo. Patricia vivió un melodrama de folletín: viajaba con su vestido de novia y las invitaciones para su casamiento cuando mordió la banquina de la ruta, volcó y perdió la movilidad de sus piernas. El desvío de un camino la llevó a otra ruta con destino a Puig; desde su lugar de bibliotecaria hizo todo lo posible para conciliar la memoria del autor de <em>La traición de Rita Hayworth </em>con Villegas y rescatar en su propio pueblo el legado de su “hijo pródigo”, empezando por reponer sus novelas, que estaban proscriptas de los anaqueles y dándoselas a leer a nuevas generaciones en talleres de lectura que ella misma coordinaba y que empezaron por alumnos de escuelas primarias y secundarias y se extendieron a víctimas de violencia de género y camioneros homosexuales; Puig para abrazar las diferencias y hablar de lo que no se habla. Patricia protagoniza también el documental <em>Regreso a Coronel Vallejos</em>, de Carlos Castro, que parece haber sido alcanzado por el sol y la sal, ya que no puede verse en ninguna plataforma (aunque por esas cosas de los derechos cinematográficos, puede que esté disponible próximamente en alguna).</p>
<p><img loading="lazy" decoding="async" class="aligncenter size-full wp-image-9358" src="https://arielidez.com/wp-content/uploads/2020/02/Municipalidad-Villegas.jpg" alt="" width="512" height="341" srcset="https://arielidez.com/wp-content/uploads/2020/02/Municipalidad-Villegas.jpg 512w, https://arielidez.com/wp-content/uploads/2020/02/Municipalidad-Villegas-300x200.jpg 300w, https://arielidez.com/wp-content/uploads/2020/02/Municipalidad-Villegas-400x266.jpg 400w" sizes="(max-width: 512px) 100vw, 512px" />La constelación Puig no se alinea para nuestra fortuna: nos informan que Patricia tampoco está en la biblioteca, se encuentra de licencia, escribiendo un libro a su justa medida: sobre la relación entre Puig y Villegas. Lo hace en su casa, que también forma parte del recorrido turístico, ya que es una de las que habitó el escritor en su infancia. Todo esto nos lo explica Sandra Moreno, historiadora que trabaja en la biblioteca reconstruyendo el pasado de Villegas. Ahí sí hay un folleto con mapa e indicaciones precisas para emprender el Puig-tour y unos paneles de cartón con recortes de diarios y revistas (el recorte de fotos, el bricolage, tan afín al autor de <em>Boquitas pintadas</em>). Ahí podemos ver las publicidades de la tienda “El barato argentino”, las notas sociales sobre los bailes de carnaval, la cartelera de cine con los estrenos de la semana. “Recién se fue un hombre que jugaba con Puig en la vereda”, acota Sandra, cuya calidez invita a quedarse conversando, pero ya cae el mediodía tropical y quedan casi quinientos kilómetros hasta Buenos Aires. “Villegas, a mil kilómetros del mar y mil kilómetros de la montaña”, sentenció Puig alguna vez, duplicando las distancias, exagerando como debe hacer todo escritor que se precie de tal.</p>
<p>El turismo literario es decepcionante por naturaleza. ¿Qué debería sentir ante la fachada del Teatro Español, donde Manuel Puig vio sus primeras películas desde los cuatro años, llevado de la mano por mamá Malé? ¿Y el espacio donde alguna vez estuvo la tienda “El barato argentino”, en la que Nené empaqueta desde las 8:45 en <em>Boquitas pintadas</em>? ¿O la Escuela N° 1, de cuyos abusos en los baños de varones es testigo el Toto de <em>La traición…</em> y de los que él mismo (en la novela) escapa por los pelos? Ahí está también la comisaría con esa medianera que Pancho saltaba para meterse en el cuarto de Mabel, hasta que fue sorprendido por la Rabadilla, la “sirvienta” ofendida y abandonada. La literatura no es la duplicación de la vida, sino su continuidad por otros medios, que son los de la imaginación y la fantasía. ¿Estará ahí el Villegas de Puig o en algún otro lugar que no precisan los folletos? Yo lo experimenté en esas tres vecinas ancianas que habían sacado la mesa a la vereda para cenar al fresco, en las miradas curiosas (y a veces torvas) que nos dirigían algunas personas cuando nos veían caminando por la calle, o tal vez en aquellos tres infames que abusaron a una nena de catorce años y se filmaron para exhibir su hazaña, en la marcha en su contra, en la marcha a su favor, también está el Villegas de Puig, en la tenacidad de Patricia Bargero en reconciliar al pueblo con sus fantasmas y quebrar sus silencios, en el regusto salado en la boca, en el polvo que levanta el viento y oculta el cartel donde Puig sonríe dando la bienvenida desde el espejo retrovisor, mientras el auto empieza a recorrer el primer kilómetro de pampa infinita de los cuatrocientos setenta y tres que restan hasta Buenos Aires.</p>
<p></p>]]></content:encoded>
					
		
		
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